lunes, 30 de noviembre de 2020

La perpetuación del empleo precario tras el Coronavirus

 

El deterioro que está experimentando el mercado laboral en muchas economías, a la vez que dificulta la recuperación, ofrece una gran oportunidad al empleo precario.

Con la aparición del Coronavirus, en un contexto en el que dicha pandemia se ha comportado como un auténtico cisne negro, muchas son las incógnitas que quedan en el horizonte, así como muchas las dudas sobre cual será el impacto de una crisis de semejante magnitud en una economía que, ya previamente a la situación provocada por el virus, mostraba grandes deterioros y desequilibrios estructurales que debían acometerse.

Como han coincidido muchos economistas, la situación es bastante complicada y recuperar la normalidad previa no será fácil. Pero, si en algo están de acuerdo es que esta crisis dejará duras secuelas en muchas economías que, debido a la situación, deberán reconstruirse, así como hacerlo con modelos distintos a los aplicados previamente.

Entre estas incógnitas, la preocupación de muchos economistas es el grado de deterioro que van a vivir determinadas economías. No estamos hablando de una situación en la que el impacto de dicha pandemia sea simétrico, tampoco de una situación de partida en la que todos los países afectados por el Coronavirus contaban con los mismos recursos. Las desigualdades están presentes en el planeta y esta crisis las ha dejado al desnudo, mostrando esa elevada vulnerabilidad en economías que, debido a su situación, no se encuentran preparadas para afrontar una crisis como la actual. Así, como tampoco para afrontar, con recursos propios y de forma unilateral, los efectos de una crisis que, atendiendo a la historia reciente, no cuenta con precedentes para basar una estrategia con un cierto grado de confianza.

La situación que se muestra, como decíamos y valga la redundancia, es una situación, como poco, complicada. Una situación a la que tienen que enfrentarse todos los países afectados por el virus, pero a la que deberán responder con medidas efectivas. Y es que como comentábamos, las desigualdades que presenta el planeta al analizar los países en el contraste son muy visibles; además, dichos niveles de desigualdad, siendo esta la preocupación que muchos economistas presentan, podrían deteriorarse, provocando una desigualdad creciente y estructural, la cual se perpetúe en determinadas economías pese a la disipación de la crisis vírica.

Una situación a la que debemos estar atentos, siendo el fin de esto el poder recuperar las economías lo antes posible, así como mejorar el modelo económico que, a priori, presentaban.

Tras la aparición del virus en muchas economías, la elevada tasa de contagio que este mostraba, así como los efectos que estaba teniendo el virus en la población, obligó a que muchos gobernantes optasen por bloquear toda la actividad que se sucedía en los respectivos países, siendo esta la principal medida de contención del virus.

Esta situación derivó, muy pronto, en lo que se conoce como un shock de oferta, provocando la incapacidad de abrir los negocios, así como la capacidad de desarrollar cualquier actividad económica posible dentro de los países en los que el virus estaba presente. De esta forma, y, en otras palabras, aplicando medidas de distanciamiento social que, paralizando toda la actividad económica que se encontraba operativa en el país, así como confinando a los ciudadanos en sus domicilios, tenían como fin el contener un brote vírico que, con el paso de los días, se iba extendiendo por los distintos países a un ritmo muy acelerado.

Así, con el bloqueo de la actividad económica, muchas empresas se vieron obligadas a echar el cierre; llevándose consigo a los empleados que, en esos momentos, se encontraban operativos.

Además, aquellas que no echaban el cierre y se les permitía seguir operando, en un contexto globalizado y donde los países son cada vez más, económicamente hablando, interdependientes, se mostraban incapaces de seguir con su operativa diaria. Ya que, aunque había países que podían seguir sin aplicar las medidas de distanciamiento social por la baja presencia del virus en dicho territorio, la globalización económica y el bloqueo que vivieron las principales cadenas de valor a nivel global provocaron el desabastecimiento de los comercios, obligando a echar el cierre por la incapacidad de reponer su mercancía tras ser vendida o quedarse obsoleta.

Toda esta situación obligó a los países, así como a los agentes económicos que operan en la economía global, a tomar medidas para contener la pérdida de capitales que dicho virus provocó en estos.

Para ello, y sin actividad económica que los sustentase, una de las medidas más adoptadas por las empresas en el planeta fue el despido de aquellos empleados que, ante la incapacidad que suponía dicho virus para seguir desarrollando aquella actividad que se encontraban desarrollando, se veían obligados a irse al paro. Pues, de no adoptar dichas medidas, la empresa, en un escenario tan incierto y en el que se desconocían las fechas en las que se iba a retomar la actividad económica, podría haber sufrido una descapitalización que, en lugar de obligarle a despedir a ciertos empleados, le hubiese obligado a echar el cierre. Todo ello, con la consecuente pérdida de capacidad productiva que esto supone.

Por ello, y volviendo al inicio del artículo, es muy importante recordar que hablábamos de países que partían con grandes desequilibrios y asimetrías que los hacen distintos el uno del otro. En este sentido, desequilibrios que, como los niveles de empleo, ya preocupaban a los organismos internacionales, y que ahora, ante la nueva coyuntura y el mayor deterioro soportado por los efectos derivados del Coronavirus, preocupan en mayor medida. Pues hablamos de países que soportaban elevados niveles de desempleo y que, tras la situación descrita anteriormente, se ven obligados a soportar un mayor nivel de desempleo, así como un deterioro de este en los próximos años.

Además, en países como España, por ejemplo, la destrucción de empleo se ha ido concentrando en determinados sectores que, por su baja cualificación, así como incapacidad para adaptarse al nuevo contexto, se vieron obligados a dejar de trabajar, provocando el despido forzado en determinados oficios. La incapacidad de adaptar determinadas actividades al teletrabajo obligaba a los empresarios a desprenderse de esos costes que, sin generar retornos para hacerlos sostenibles, seguían asfixiando y consumiendo los recursos de las empresas.

En los últimos años, tras la situación que se ha ido dando en el planeta y como producto, en parte, de la última crisis acontecida durante el año 2008, muchos economistas han coincidido en que, ante el miedo de una nueva crisis y dada la situación que vivieron las empresas en crisis pasadas, el empleo en estas ha sufrido un cambio notable. En este sentido hablamos de un cambio en el que lo más significativo ha sido la calidad del empleo tras la crisis acontecida. Una calidad del empleo que, ante el miedo de los empresarios por verse en una situación similar, fue deteriorándose, a la vez que iban apareciendo nuevas empresas que, ante semejante situación, hicieron de ese empleo precario una nueva normalidad en el empleo.

Hablamos de empresas para las que incluso se ha creado un concepto, el cual las trata de enmarcar dentro de lo que los expertos denominan como la “gig economy”.

Esta nueva forma de crear empleo, como decíamos, se remonta a hace algo más de una década, donde, con la llegada de la crisis económica, el mercado laboral sufrió una revolución de la que surgieron nuevas formas de contratación alternativa a la contratación tradicional que se conocía hasta el momento. Nuevas formas de contratación en las que la flexibilidad y la comunicación ‘online’ son los pilares básicos para el funcionamiento de estas; pilares que, justamente, se dan en el escenario actual. Además, la deslocalización, es decir, la posibilidad de trabajar para un empleador que se encuentra a miles de kilómetros es otra de las características de la ‘gig economy’, característica que, de igual forma, coincide con la nueva normalidad que deja el COVID-19.

Así, las empresas que basan su modelo en este sistema han aumentado de forma exponencial en los últimos años. La compañía McKinsey cita en un informe que entre el 20% y el 30% de la población activa en EE.UU. y Europa participa de forma activa en los diferentes grados de la “gig economy”. Estas empresas, aprovechándose de situaciones en las que los niveles de empleo -tras la Gran Recesión- quedaron muy deteriorados, lograron identificar un nicho de negocio en el que establecerse. Un nicho de negocio en el que, de forma justificada y atendiendo a determinados criterios y algunos vacíos legales que sobre el papel sonaban muy bien, comenzaron a generar una gran cuantía de empleos precarios y que, hoy, se han convertido en una auténtica alternativa laboral, ante la gran falta de oportunidades que presentan las economías. Empleos precarios que, hoy, ocupan a un sinfín de jóvenes universitarios -y no tan jóvenes- que, como si de autónomos se tratasen, cumplen con jornadas laborales mucho más extensas, con salarios que, en contraste, son sustancialmente inferiores.

Esta es una de las grandes preocupaciones que deja el Coronavirus. En un contexto en el que la contratación puntual y por servicios podría ser una alternativa extraordinaria para lograr un grado de adaptación que permita la maniobra en situaciones de extrema incertidumbre como la actual, podríamos estar ante un mayor ensanchamiento de este tipo de empleos en aquellas economías que, como las economías de Latinoamérica, se muestran más vulnerables a la destrucción de empleo por el COVID. A la vez que presenta, todo sea dicho, unos niveles de desempleo -tanto general como juvenil- más elevados que otros países que, como Estados Unidos, compensan dicha situación con una creciente oferta de empleo para satisfacer la demanda laboral.

Y es que, una crisis como la actual, en un escenario en el que el empleo no ha vivido una recuperación tras la crisis pasada, podría perpetuar la mala calidad del empleo en economías que, atendiendo a la situación previa al Coronavirus, presentaban un elevado nivel de desempleo. Esto, teniendo en cuenta que hablamos de un deterioro de gran calado, preocupa a muchos economistas. Pues, ante una situación como la actual, donde dos crisis se han cebado en los últimos 20 años con el conjunto de economías, preocupa especialmente. Ya que, de no comenzar a estimular la economía de tal forma que reactivemos el empleo, la desregulación del mercado laboral y la gran flexibilidad que este precisa para poder crear empleo, y que es cada vez más intensa, podría llevarnos a situaciones en las que el empleo precario comenzase a ser una consecuencia más de la nueva normalidad que ya comienza a perpetuarse crisis tras crisis.

Fuente: Economipedia

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